Oct 2016

Álvaro Menanteau

La evolución del Jazz en Chile

Luego de escuchar torres de discos y de tocar en el Club de Jazz de Santiago, Álvaro Menanteu decidió escribir dos tesis, en sus años de estudiante, que más tarde se transformaron en el libro “Historia del jazz en Chile”, documento único con los principales hitos de la llegada y el desarrollo de este género al país. Álvaro tiene alrededor de medio siglo de melomanía y estudios, que lo hacen tener una interesante visión de cómo evolucionan los géneros musicales en Chile, en especial el jazz. Además, aprovechamos de pedirle en esta entrevista virtual muchas recomendaciones de su colección de discos y buenas referencias para quienes se interesen en empezar a escuchar y entender un género que no pasa de moda.

¿Desde cuándo te interesó el jazz?

Desde la universidad. A mediados de 1980 era un rockero infiltrado en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, estudiando Licenciatura en Música. Mi cultura rockera “san miguelina” estaba centrada en un hard rock básico y emocional, como Grand Funk, Ten Years After y algo de rock progresivo. Comencé a tocar bajo eléctrico con un compañero guitarrista, que ejecutaba una música extraña para mis oídos: jazz rock. Armamos un lote para tocar lo que llamábamos “jazz” y partimos por lo más difícil, que es tocar temas de Mahavishnu Orchestra, en trío (guitarra eléctrica, bajo y batería). Después conocí la música de Weather Report y ese fue el puente para el jazz histórico, siempre descubriéndolo en un sentido cronológico inverso: Miles Davis, Bill Evans, Barney Kessel, Charlie Parker, Duke Ellington, Bix Beiderbecke, Jelly Roll Morton o, Louis Armstrong.

Cada día surgen nuevos estilos musicales, hablamos de jazz fusión, jazz criollo, jazz rock, jazz latino, etc. ¿Qué piensas de esto?

A medida que avanzan las tecnologías, la información circula más rápido y las sociedades van interactuando con más soltura. Las fronteras clásicas de la música, como las conocimos en el siglo XX hoy ya no resisten las denominaciones tan generales que se usaron antes como “música clásica”, “música tradicional” y “música popular”. Desde hace unos 50 años que estos géneros están interactuando de manera muy intensa y sus fronteras se han hecho cada vez más porosas y difusas. Es por ello que surgen nuevas etiquetas y clasificaciones, porque al ser humano le gusta ponerle nombre a todo lo nuevo, y porque ese “nombrar” le hace creer que puede entender mejor los fenómenos que le interesa conocer. El jazz y sus derivados no son ajenos a esta dinámica.

En un mundo donde predomina el pop y el rock, ¿crees que a la gente le cuesta más asimilar nuevas propuestas musicales de jazz?

Sí, por supuesto. Pero en el entendido que toda música ‘compleja’ es valorada y cultivada por sectores muy acotados de la población. Desde hace unos 70 años que el jazz es una música de élite, en el buen sentido de la palabra. Es una música que le hace sentido a un grupo de gente más bien reducido (si lo comparamos con el mercado del rock y el pop), pero que porfiadamente insiste en seguir existiendo como género musical diferenciado.

Desde tu perspectiva, ¿cuál es el estado actual del jazz en Chile?

Creo que la escena local del jazz hoy goza de buena salud, siempre asumiendo que no moviliza a grandes masas de gente, pero manteniendo un circuito pequeño y muy activo. Las nuevas generaciones de jazzistas han continuado en la senda de aquella referencial “generación de los años 90” (Ángel Parra, Cristián Cuturrufo, Pancho Molina, Claudia Acuña y Emilio García) que marcó una diferencia definitiva con sus antecesores, en cuanto a dominio técnico y creatividad compositiva, elementos que eran más bien escasos en el pasado local. A esto, agreguemos que los profundos cambios de la industria musical han llevado a las nuevas generaciones a desarrollar la autogestión y la autoproducción de fonogramas, valorando nuevamente la presentación en vivo y el contacto directo con su público; internet y los medios digitales son herramientas esenciales para el nuevo modo de trabajo impuesto por la posmodernidad, y los jazzistas han sabido adaptarse a ese contexto.

-¿Cuáles son los tres discos que llevarías contigo para siempre?

“Birth of the Cool”, de Mile Davis, “In the Court of the Crimson King”, de King Crimson, y
“Terra incógnita”, de Congreso.

-¿Qué tocadiscos tienes?

Un Numark, con velocidades de 33 1/3, 45, y 78 RPM.

¿Qué estilos musicales hay en tu colección de vinilos?

Casi todo el jazz chileno entre 1962 y 1988 (me faltan como tres), bastante música popular chilena (Vicente Bianchi, Sonia & Myriam, Hugo Moraga, Larry Godoy), algo de música clásica chilena y algunas joyas de la discografía de música renacentista y medieval europea.

Si tuvieras una hora con el músico que más te gusta, ¿a quién elegirías y dónde lo llevarías en Santiago?

Invitaría a Béla Bartók a pasear por calle Cienfuegos, doblando por Santo Domingo hacia el poniente, para rematar en la Quinta Normal.

¿Qué disco y libro nos recomiendas?

“ADN”, del Grupo Quilín, y “Días y noches de amor y de guerra”, de Eduardo Galeano.

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